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Mad Men

Ubiquémonos en 1970, cuando el mundo no conocía a los ordenadores, ni todo problema personal se redujera a la palabra estrés, acoso, maltrato, violencia, discriminación, cuando aún se desconocía lo dañino que es el cigarro para nuestros queridos pulmones. Cuando lo políticamente correcto de ese ahora, es lo incorrecto hoy.

Mad Men

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Don es un héroe de aquella época, villano de hoy. Atractivo, inteligente, ambicioso, carismático, reflexivo, frío, a veces sin escrúpulos, egoísta. Un genio entre los publicistas, adicto a la nicotina y al alcohol. Con una hermosa y buena esposa, dos hijos, y algo más.

Su rutina diaria consiste en levantarse temprano, ir al trabajo y vender las ideas más exitosas a los clientes de la compañía más prestigiosa de publicidad de toda Nueva York.

Sus colegas lo mismo lo adoran que lo odian. Al menos, pues, lo respetan. Su palabra vale oro. Su jefe también lo tiene en gran estima. Su esposa lo tiene en el mismo concepto. Su nueva secretaria, una pueblerina inexperta, con tan sólo verlo sabe que él es el hombre a quien debe seducir para llegar a lo alto.

Estamos en la época donde el capitalismo era la máxima, donde la fama y el dinero eran sinónimos exactos de la felicidad, donde los psicólogos eran unos payasos que se quedaban con tu dinero, donde el mundo era más frío, despreocupado. Vender es lo único que importa.

Una serie bastante seria, entretenida, realista, todo eso y más es Mad Men. Va para la caja directa de las recomendaciones.