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Cómo rematar a un héroe sin ser un villano

Smallville, Clark Kent, Superman, Kal-El

Smallville, Clark Kent, Superman, Kal-El

Héroes y villanos, protagonistas y antagonistas, buenos y malos. La vida es realmente jodida y para solventar las situaciones más inverosímiles y difíciles necesitamos de personajes poderosos, voladores y realmente carismáticos que salven nuestro poco valorado pellejo cuando el peligro arrecie. Uno de esos personajes era el llamado Hombre de Acero. Ese fortachón de calzas largas azules y capa, ondeante al viento, roja. Pero hay que ver lo mal que lo puede pasar el superhéroe cuando le someten a tal acto de villanía por parte de productores y guionistas. Y no, no me refiero a las extintas películas, -obviando las dos primeras partes de la saga-, sino a la fraudulenta serie Smallville que lleva petardeando la televisión americana, y de otros muchos lugares, la vida de muchos jóvenes y fans durante siete años. Y lo que es más importante, y debido a su falta de saber hacer, no saber matar a un personaje que parece querer morir de una maldita vez para no llevar en sus hombros la vergüenza de la Warner Bros y su productor Alfred Gough. Un hombre que, sin ser villano, demuestra tener una pericia horripilante para asesinar. Asesinar al héroe.

Smallville nunca fue un producto realmente alucinante, pero sí entretenido e ilusionante para muchos, pues retrataba los primeros pasos del bonachón Clark Kent en sus tiempos mozos. Aunque el bueno de Kent nunca tuvo acné sí contaba con su peculiar trámite de la adolescencia. Y es que el Sol amarillo de la Tierra le procuraba sus primeros escarceos con sus bienaventurados poderes.

Si a todo ese alarde de poderes estratosféricos sumamos ese aura de tecnología y ciberactivismo que derrochaba la serie al principio, donde unos adolescentes trataban de salvar la tranquilidad de su amado pueblo, la cosa podía funcionar pero, eso sí, sin la decadencia de un enlatado y ensartado de temporadas sin ton ni son, y que parece no cesar con el paso de los años.

Y es que llegado el caso hemos visto desfilar una mezcolanza inaguantable y soporífera de personajes y títeres que, más que una narración de las aventurillas de un futuro y épico superhéroe, -algo que, por otra parte, debía haber seguido ese hilo conductor-, han deformado el descubrimiento del protagonista y sus devenires en una especie de show donde las animadoras, streapers y modelitos ligeros de ropa se pasean engalanados de musculitos, ellos, y siliconas, ellas, para absorver al sufrido televidente.

Tal y como anda hoy Smallville en su séptima temporada, sin guisos de dejarla morir por compasión, su productor y guionistas acabarán matando la poca reputación que le quedaba a Superman. Eso sí, esta vez, sin Kryptonita. De auténtica vergüenza.

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